miércoles, 26 de enero de 2011

Defendiendo lo indefendible Parte I


A medida que se acerca el banderazo de salida para el inicio de las campañas políticas con miras a las elecciones que se efectuarán este mes de septiembre en Guatemala, empiezan a proliferar notas periodísticas, columnas y opiniones de todo tipo respecto a muchos de los temas que actualmente generan controversia en el ámbito político y social de nuestro país.

Se profieren insultos de todo tipo, también se escuchan ruegos, ataques, tergiversaciones de la realidad, etc., todo con el fin de “proteger el orden constitucional”. Parece surgir del vacío un fervor de algunos sectores de la población por cumplir este deber de “defensa de la Constitución”, aunque no estoy seguro que en la realidad, le den mucha importancia.

Se leen columnas, por lo menos dos veces por semana en los distintos medios de comunicación escrita, donde “distinguidos” Licenciados supuestos expertos en la materia, salen despotricando en contra de aquellos que, según ellos, pretenden pasar por encima de nuestra más sagrada ley y de esta manera llegar al poder. Cabe resaltar, que estos artículos en ningún momento realizan un análisis detenido y a profundidad de la norma cuestionada, simplemente se limitan a atacar, a confrontar y a destruir a través de la manipulación de personas que, por pura confianza, al terminar de leer cualquiera de estas columnas se limitan a decir: “Amén”.

Por mi parte, he comenzado a leer estas columnas y estas opiniones “cuasi sagradas” de estos “cuasi genios” que aparentemente tienen la absoluta verdad en sus manos, con un cierto grado de desconfianza. Algunos, si no todos los medios de comunicación escrita, evidencian en algún momento u otro, su postura política. Esto no sería del todo malo, excepto que no es una postura política ideológica, es una postura política partidista (o sea, apoyando a un candidato, no a un ideal).

De pequeño mi mamá siempre me decía: “Vos deberías ser abogado, porque por todo alegás.”. Cuánta razón tenía mi madre, al crecer empecé a estudiar Derecho y actualmente me encuentro a unos pasos de obtener tan ansiado y “prestigioso” título. Sin embargo, como estudiante de Derecho, me entristece mucho escuchar las opiniones y análisis de algunos de mis colegas que se limitan al análisis del texto de la ley sin preocuparse en hacerse una simple pregunta ¿Por qué? Yo me considero un estudiante del Derecho, no tanto de las leyes. Las leyes en este país abundan, y la mayoría son de difícil comprensión y peor aún, de estudio. Para empeorar las cosas,  me he dado cuenta que en la Universidad aparentemente se limitaron a enseñarnos a leer las leyes, no a comprender el Derecho.

Haré hincapié en ello, mi respeto, mi pasión, mi deber, es hacia el Derecho, no hacia las leyes. El Derecho es la máxima expresión de la justicia, y la justicia no es algo tangible, no lo podemos palpar, es un sentimiento. Las leyes, son la expresión del Derecho. Sin embargo, una ley pasa por una serie de proceso que inevitablemente las hacen imperfectas, muchas veces incongruentes, incoherentes y mal redactadas. Muchas veces, las leyes no son, ni remotamente, expresión de justicia, ni siquiera llegan a ser una expresión legítima del sentir del pueblo, que es, supuestamente, la labor del legislador. No, estas leyes muchas veces representan intereses de uno u otro grupo de presión, que al obtener influencia sobre nuestros Organismo Legislativo, obtiene ventajas ante los demás “por ley”. Esto quiere decir, que se entrampa el proceso, con el fin de beneficiar a un individuo.

Esto es lo que muchas leyes hacen, sobre todo en un país tan burocrático como el nuestro. Ahora, preguntémonos ¿Qué nos llevó a un sistema jurídico tan burocrático? Para mí, la respuesta se hace cada vez más clara: el miedo. Los guatemaltecos vivimos sumidos en una cultura de paranoia, de miedo. Miedo a perder lo que poseemos, miedo a perder a nuestros seres queridos, miedo a perder la vida misma. Este miedo, a mi entender, es consecuencia directa de nuestro pasado, tan violento y sangriento. En un país tan pequeño como el nuestro, las repercusiones de todo conflicto interno se siente muy cerca, y como consecuencia, este temor generalizado.

Uno de estos temores que nos afectan como guatemaltecos y a mi entender, nos impide un verdadero progreso, no como un País, pero como una sociedad, es el temor al cambio. Por tantos años se ha intentado hacer de la ley, de la Constitución, etc., un escudo ante un obvio “déficit” de capital humano honesto, acomedido y sensato. En la historia de nuestro país siempre ha prevalecido la ambición desmedida, el egoísmo, el materialismo y consumismo, sobre todo en, pero no limitado a la función pública y las leyes lo único que han hecho es entrampar tanto la función pública, que solamente generan espacios para la burocracia y la corrupción. Hay estudios que demuestran que por cada paso que se genere en un proceso público, más propenso es a la corrupción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario